¿Oratoria?

Año publicación: 
2005

“Si tengo que dirigir un discurso de dos horas, empleo diez minutos en su preparación. Si se trata de un discurso de diez minutos, entonces me lleva dos horas...”. Así se expresaba nada menos que Winston Churchill. Me pregunto el tiempo que dedicamos los agentes de salud a prepararnos para dirigirnos a los pacientes y sus familiares, siendo así que el tema a tratar es siempre delicado y suele estar cargado de gran dosis de emotividad.

Recuerdo haber escuchado en una conferencia que para hablar con el paciente sería necesario estudiar oratoria. Lo escuché con sorpresa, pues no sé si aquel hombre que hablaba tan bien estaba echándose un piropo a sí mismo o estaba diciendo algo que yo no era capaz de comprender. Y menos en los tiempos que corren, en los que la oratoria brilla por su ausencia en… el mundo mundial.

La oratoria de los griegos

La oratoria, entendida como el arte del buen hablar siguiendo determinadas reglas tiene su origen en Grecia, más específicamente en la antigua filosofía griega. En aquel tiempo la oratoria era parte integral de la formación cultural y ha sido objeto de estudios por muchas personas en cuya profesión estaba incluida el arte de hablar en público.

En contraste con ésta realidad, hoy  la oratoria se utiliza más específicamente  en campos como la administración, el marketing, sectores privados, medios de comunicación  y  salvo excepciones, jamás es parte de un entrenamiento educativo permanente.

En Grecia se destacaron los sofistas en el siglo IV a. C., que, a diferencia de Sócrates (que utilizaba la mayéutica, el arte de interpelar dialogando) se interesaban por el arte de convencer a través de la palabra.

Ahora bien, si hoy dijéramos que oratoria es exclusivamente el arte de convencer, seríamos parciales. En realidad, podríamos pensar en ella como la ciencia que se ocupa de la forma en que una persona expresa y transmite su mensaje con el deseo de que éste sea eficaz, con afán de persuadir, pero sin manipular o subestimar a quien lo escucha.

Queda lejos de las profesiones de salud aquel arte tan cultivado en la antigüedad. Basta pasarse por una facultad de medicina o escuela de enfermería y ver cómo se comunica en las aulas, tanto profesores como alumnos. Un colorido power point que se lee (si el tamaño de letra es suficientemente grande) ha sustituido al arte de comunicar con entonación, de explicar con pasión, de provocar interés por el tema, de interaccionar… Ya he escuchado a varios grupos de alumnos de medicina su artura del power point que permite que un profesor “llegue y lea” sus diapositivas y los alumnos se dispongan a la carrera de escribir velozmente.

Y queda lejos de las profesiones de salud aquel arte tan cultivado en otros tiempos de sentarse junto al paciente o con sus familiares y hablar unos minutos (¡tampoco tantos!) sobre lo que está sucediendo, lo que está en juego en el mundo personal y social del paciente. ¿Lo llamaría Laín Entralgo la “amistad médica”?

El poder de la palabra

Nadie pondrá en duda, sin embargo, el poder de la palabra en las relaciones que se producen en el mundo de la salud. La eficacia de un tratamiento, la fidelidad a su seguimiento, el impacto emocional de una mala noticia, la reacción de una familia ante un fracaso o una situación inesperada y mil situaciones más, están en estrecha relación con el modo como los agentes de salud manejen la comunicación, utilicen la palabra.

Y es que la palabra tiene un poder impresionante. Con ella construimos una especie de aureola en torno a nosotros y a lo que decimos. Con ella inspiramos confianza o desconfianza, atraemos o producimos rechazo, generamos atención o aburrimos, hacemos pensar o matamos la curiosidad. Con ella hacemos reír o llorar, generamos indiferencia o sentimientos intensos.

Con la palabra, damos vida o generamos muerte. Tiene, efectivamente, el poder de una espada afilada.

Que la palabra llega a tener tanto poder que de ella puede depender la vida o la muerte, nos lo enseña la experiencia, y con sencillez lo ilustra esta fábula levemente cambiada y recogida en nuestro libro “Regálame la salud de un cuento”.

Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Las ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cuán hondo era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos prácticos, se debían dar por muertas.

Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras ranas seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Ella se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritó que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir. Pero la rana saltó cada vez con más fuerza hasta que finalmente salió del hoyo.

Cuando salió, las otras ranas le preguntaron: ¿No escuchaste lo que te decíamos? La rana les explicó que era sorda. Ella pensó que las demás la estaban animando a esforzarse mas para salir del hoyo.

Usar bien la palabra

Resulta difícil hacer recomendaciones sintéticas para hacer un buen uso de la palabra que no caigan en el riesgo de convertirse en simples recetas con escasa eficacia.

Sin embargo, es sabido que hablar con seguridad (sin altanería), expresando claramente el mensaje (sin tecnicismos innecesarios), teniendo en cuenta al auditorio y sus características (también en la comunicación a dos), haciendo síntesis, comprobando que se es comprendido, preparándose debidamente el tema, hablar con orden, son algunas claves importantes.

Empezar por un “no”, utilizar muchos “pero” que con frecuencia anulan todo lo dicho anteriormente, usar un tono monótono, no mirar a la cara, no considerar el lenguaje no verbal y el contacto físico, y otras tantas variables, pueden arruinar la eficacia de una comunicación.

Podría ser sabio un agente de salud, amable y dulce incluso, erudito como él solo, que si no se interesa por algo más que la información y las razones, perderá mucho de su valor personal y profesional.

En cambio, las razones claras y palpables, expresadas con sencillez, pero dichas con el corazón y al corazón, generarán un atractivo que facilitará la consecución del objetivo en las relaciones en salud. En la tensión entre razón y corazón, el corazón suele ganar la batalla, particularmente cuando la fragilidad humana asoma por algún rincón.

La escasez de información, lo mismo que la sobredosis de información son variables que no inspiran seguridad en pacientes y familiares. Transmitir incertidumbre para asegurarse de que pase lo que pase “ya estaban avisados” no parece ser una sana motivación.

Asegurar con mirada firme que se está haciendo todo lo posible, que hay verdadero interés, interés desinteresado, que la palabra no es un escondrijo, sino la encarnación de la misma persona buscando el bien, saliendo de sí, generará salud en el destinatario y, a buen seguro, también en quien la pronuncia.