El arte de ser joven

Año publicación: 
2000

Cada vez escucho más a los jóvenes que dicen que se aburren los domingos por la tarde. Se aburren tumbados en la cama, viendo la televisión, angustiados, a la espera de que pase de una vez todo ese vacío y llegue de nuevo el viernes siguiente.

Recuerdo cuando leí algunas obras del psiquiatra vienés, judío, Vicktor Frankl, conocido como fundador de la logoterapia (terapia mediante los valores). Me hizo pensar mucho la reflexión que hacía sobre el vacío existencial que experimentan algunas personas y la particular referencia hecha al domingo por la tarde, momento en que ciertas personas se sienten especialmente incómodas y no disfrutan del tiempo de descanso.

Ser joven y esperar

Varias veces he relacionado este hecho con lo que está sucediendo en los últimos años en torno a la Navidad. Cada año comienza antes la campaña publicitaria de los productos de consumo propios del tiempo y se engalanan con más antelación calles y locales. Veo una relación entre esto y lo que sucede los domingos. Algo así como la agonía del dinamismo de la esperanza. O, dicho de otro modo, el consumo y agotamiento de lo esperado antes de tiempo, antes de que llegue. De este modo, el viernes y el sábado ya se ha consumido el significado del domingo y en el adviento ya se ha consumido la Navidad. Llega el momento que se pretendía preparar y ya está vivido. El ocio propio del domingo, el encuentro con los amigos, la intensidad de la celebración propia de la Navidad, ya se han gastado. No queda deseo; se ha apagado el anhelo de lo esperado y el resultado es el vacío y la neurosis. Y el silencio que queda, no siempre se saborea y se aprovecha, sino que en muchos momentos asusta con el fantasma de que nos revele nuestra verdadera condición de soledad.

En una sociedad así, que contribuye a matar el dinamismo de la esperanza y que, a juicio de Goleman, genera analfabetos emocionales, me pregunto cómo se lo pasa el joven, ese joven por naturaleza voraz omnívoro, que tiene dentro de sí la semilla del coraje y de la pasión por el encuentro interpersonal y la generación de lazos. Y mi diagnóstico no es precisamente optimista.

Descubro en los jóvenes valores humanos genuinos vividos con la ilusión de dar a luz lo inédito viable, pero descubro también el apagamiento de otros valores que me entristece.

Me conmueve la solidaridad desencadenada en tantos voluntarios y el compromiso por la transparencia, pero me alarma la “solidaridad sucia” propia de los que comparten el consumo de drogas. Me apasiona la confianza en los medios de comunicación, pero me sorprende la escasa comunicación intergeneracional. Admiro el aprecio de la libertad, pero me defrauda la escasa participación e interés por la vida de las organizaciones sociales y la religión. Admiro el gusto por la música y el encuentro en foros de luz y sonido, pero me preocupa el retraimiento social y el escaso entrenamiento en habilidades de inteligencia emocional. Me llena de satisfacción la permanente atención del joven a mostrar su identidad definida por la diferencia, pero me preocupa la escasa valoración de la tradición y de la historia y el sentido de pertenencia. Aprecio la visión integral y la búsqueda renovada de la trascendencia, propia de la New Age, pero no creo que instituciones como la Iglesia católica haya de ser tan relegada al olvido y tan poco considerada. Sufro con quien se siente útil y no encuentra trabajo, pero me sorprende el uso poco creativo del tiempo. Encuentro el valor de la extroversión, pero me inquieta la actitud que parece responder a la máxima “me extrovierto, luego existo”.

Salvar la esperanza

En este mar de contradicciones, de luces y sombras, entiendo que ser joven es un arte y que ser coherente constituye un compromiso serio por conocerse a sí mismo y aprender a esperar. Esperar es mucho más que aguardar. Requiere apuesta por aquello que se anhela y paciencia en su construcción y en su tiempo de realización. Quizás la esperanza haya de ser sanada y sólo así podrá salvarse. Sanar la esperanza en la juventud comporta aprender a retardar la satisfacción para que ésta llegue cargada de realismo; supone desear la realización de los valores anhelados comprometiéndose en trabajar por ellos, significa aprender a convivir con la frustración propia del no cumplimiento de todo lo deseado. Sanar la esperanza significa aprender a desear aguardando para vivir intensamente cada momento sacándole su sabroso jugo.

Sanar la esperanza significa no morir víctima de su dinamismo que tiende a actualizar lo esperado.

Por eso, ser joven comporta también abrirse al diálogo con otras generaciones, apostar por la sabiduría presente en quienes han dejado de serlo, dejarse acompañar y compartir las propias inquietudes.

El joven sano pide ser escuchado y escucha, seguro de que en la relación hay una fuente de aprendizaje.

El joven sano asume el riesgo y el vértigo que produce el encuentro cuando éste está abierto al otro, a la posibilidad de entregarse generosamente, pero también de recibir y dejarse querer.

El joven sano consume, pero consume el presente, sin gastarse de golpe el futuro. El joven sano busca y encuentra tesoros en el pasado, propio y ajeno, aprecia la historia y aprende de ella.

Ser joven y ser tolerante

Uno de los valores más preciados por parte de los jóvenes es la tolerancia. Y cada vez más se hacen sentir y nos hacen experimentar a todos la validez de la aceptación incondicional de las diferencias. Por eso, abanderando la tolerancia como uno de sus valores primordiales, aportan salud a la sociedad.

Demetrio González Cordero, en un hermoso poema, canta a la tolerancia de esta manera: “Si veis un árbol distinto/ ayudadle a que crezca distinto/ si veis un río distinto/ abrid cauces para que corra distinto/ dejadle volar un vuelo distinto/ si veis un camino distinto/ alegraos/ porque además de vuestro camino/ hay otros caminos distintos.

Y Mayor Zaragoza, en el año de la tolerancia, en la Declaración que hacía como Director General de la UNESCO, afirmaba: “Desde hoy en la conciencia y en el comportamiento de cada uno de nosotros, la tolerancia debe tomar su sentido más fuerte: no simplemente aceptación del otro en su diferencia, sino el impulso hacia el otro para conocerle mejor y para conocerse uno mismo mejor a través de él, para compartir con él, para tenderle la mano de la fraternidad y de la compasión, para que los valores universales, comunes a todos, se enriquezcan con la preciosa especificidad de cada uno y de cada lengua con la irremplazable creatividad de cada persona”.

Salvar la esperanza, aprender ser tolerante, forman parte del difícil arte de ser joven.