Educar para deliberar

Año publicación: 
2017

Analfabetismo ético. Eso me parece que es lo que encuentro a veces en algunas personas dando clase en lugares tan diferentes como lo hago. No es infrecuente. A veces presento casos para provocar la reflexión sobre la necesidad de formación en relación de ayuda y counselling, y encuentro no solo falta de competencias blandas, relacionales, sino también torpeza en la deliberación ética.

Peor aún, yo diría con Norbert Bilbeny, que circula por el mundo –sin insultar- no poco “idiota moral”, es decir personas aparentemente inteligentes, pero que tienen imposibilidad de distinguir entre el bien y el mal y total torpeza a la hora de identificar problemas éticos.

 

Una triste experiencia

Forma parte de mi triste experiencia en el aula. Mi experiencia es muy variada. Encuentro alumnos en facultades públicas y privadas; de psicología, enfermería, medicina, en másters interdisciplinares… en teología… y, tristemente, levanto acta de una creciente dificultad a detectar que en la vida, en la atención en salud… hay cuestiones que son –sí o sí- conflictos éticos.

Sin embargo, hay personas que se niegan a pensar que la ética pueda ser un escenario de reflexión. Más aún, que sea una cita ineludible del ser humano, más aún cuando aparece la vulnerabilidad, la enfermedad, el duelo, las relaciones de cuidado profesional.

Médicos, enfermeros, psicólogos, trabajadores sociales, asistentes espirituales… sí o sí, nos encontramos con conflictos éticos. Un conflicto es una situación en la que dos realidades se confrontan, se oponen, se dan cita sin poderse realizar simultáneamente. Un conflicto ético se produce cuando están los valores en juego, cuando el bien se ofusca por la complejidad, cuando el ser humano busca lo bueno, lo verdadero, lo justo, y no lo puede realizar sin consecuencias contradictoras, negativas, para una persona, para sí misma, para los otros.

No es posible escaparse de los conflictos éticos. En salud son el pan nuestro de cada día. Los hay relacionados con el inicio de la vida, los hay al final de la vida, los hay en la relación clínica, los hay relacionados con una mirada global al mundo entero.

Querer poner una sonda nasogástrica a un paciente en situación de fin de vida y que este no lo quiera, representa un conflicto. Este es un ejemplo que uso habitualmente. Pues bien, hay un sinfín de personas que tiene la torpeza de no ver siquiera el conflicto. No ven que entre la buena intención de quien la indica, de quien va a ponerla y la negativa a tal indicación hay, sí o sí, insisto, un conflicto ético. Digamos entre la beneficencia y la autonomía. Y es conflicto porque no es posible realizar todos los bienes que se presentan aparentemente: el deseo de hacer el bien y el respeto de la libertad de la persona y su autodeterminación.

¡Qué fácil es reaccionar compulsivamente! Los prejuicios, las experiencias previas, las creencias, la falta de precisión con los conceptos relacionados… se tornan en reacciones, con frecuencia compulsivas que ofuscan la razón, invaden emocionalmente la mirada y dificultan la detección de la complejidad ética y la necesidad de analizarla con ponderación. Muchos prejuicios, sí, en torno a las cuestiones éticas de la vida y de la salud. Mucha actitud defensiva.

 

Abrirse a la complejidad

Formarse en ética, en bioética, en relaciones humanas, en relación de ayuda, es un desafío muy fuerte hoy para humanizar las relaciones. No hay por qué complicar las cosas, pero en realidad, en cuidados en salud, muchas no son sencillas. Abrirse al asombro de la complejidad es un indicador de sabiduría.

El filosofo Edgar Morin ha sido quien comenzó a definir y plantear lo que hoy conocemos como paradigma de la complejidad, que es un modo de pensar sistémico, es decir que reconoce la interdependencia de los hechos y el azar o lo impredecible como integrante distintivo de la realidad. Es un modo de mirar que intenta superar a la ciencia mecanicista que ha predominado hasta la actualidad, el paradigma positivista tan imperante en medicina.

Abrirse al reconocimiento de la complejidad es el primer requisito para disponerse a afrontar la dimensión ética y los conflictos que surgen en la asistencia en la enfermedad. El torpe moral se niega a ver las cosas como complejas. Las simplifica, las reduce a supuestos principios que tiene en su mente, que intuye, que ha oído o ha pillado al vuelo. Se niega a creer que se puede pensar, dialogar, razonar, argumentar, escudriñar lo complejo, con pasión y con actitud de búsqueda del bien.

El pez rojo no puede concebir la complejidad de los océanos desde la quietud de su acuario. Es lo que a veces les pasa a algunas personas. Mirada corta, prejuicios de ser el centro y tener el único punto de vista posibles (de ceguera, en realidad).

 

Formarse a la deliberación

Ante la complejidad de la vida moral, la actitud más sabia es la disposición a la deliberación. Para Aristóteles es una virtud, no tanto una metodología como se propone hoy.

El adulto reconoce autoridad al diálogo, se abre a la escucha, no solo de la dictadura de la propia conciencia –cuando esta no se ha formado-, sino del susurro prudente tanto de la propia conciencia como de la del otro.

La deliberación es una profesión de fe en el valor de la relación. Es la negación de la existencia de verdades absolutas que haya que aplicar universalmente descalificando al diferente y al prójimo cuando se muestra con criterios distintos a los propios.

Deliberar es un proceso que realiza quien se deja sorprender y se asombra saludablemente ente la complejidad de la vida moral y se somete a dinamismos humildes de escucha humanizadora. Deliberar es relacionarse en clave de acogida hospitalaria de razones y sentimientos, principios y consecuencias, intuiciones y datos.

Vivimos en una sociedad necesitada de alfabetización ética, de formación en capacidad de detectar conflictos y analizarlos racionalmente, con la prudencia inteligente de quien no se cree poseedor de toda la verdad.

En el mundo de la salud y del sufrimiento humanos, es urgente una formación en competencias relacionales, emocionales, éticas, espirituales, culturales. No son algo que se adquiere por mero desarrollo evolutivo natural si no se concede autoridad a la reflexión, al debate, al diálogo, también socrático.

Dice Paul Auster que “cada hombre contiene varios hombres en su interior, y la mayoría de nosotros saltamos de uno a otro sin saber jamás quiénes somos.” Los profesionales de la salud tenemos el desafío de buscar tímidamente el bien, a golpe de diálogo deliberativo prudente. Una tarea educativa urgente.