Decíamos ayer

Año publicación: 
2012
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Un escalofrío recorre todo mi cuerpo al mirar detenidamente el número 3 de la revista HUMANIZAR. La misma portada me evoca la idea del tiempo: un rostro con arrugas (bellas, las de la edad), un color del papel parduzco, casi amarillento, un tacto que casi tiene sabor de libro viejo de biblioteca de madera (que no de metal y cristal o virtual), unos grises que dibujan formas que hoy no aceptaríamos como imágenes para comunicar…
 
No digamos lo que me sucede al contemplar fotografías de compañeros (Jesús Mª Ruiz, entonces director de la revista), Francisco Alvarez (entonces, como ahora, superior provincial de los camilos de España), Angelo Brusco (superior general de los camilos, siempre referente en humanización), y otras personas que hoy –como ayer, es decir, hace 20 años-, son referentes en diferentes campos, como el cardenal Tarancón, Iñaki Gabilondo… La nostalgia y el escalofrío por mi cuerpo se hace aún mayor.
 
Y, sin embargo, al leer el contenido de HUMANIZAR, tengo otra sensación: de escalofrío también, lo siento, pero sobre todo de convencimiento de algo que casi me asusta, a la vez que me sorprende. Me dan ganas de decir: “decíamos ayer” y a continuación: “tenemos que seguir diciendo hoy”, o bien: “y, sintiéndolo mucho, quiero repetir que…”
 
Sí, me parece que los valores evocados por la revista HUMANIZAR, que siempre tuvo más de esto que de noticias de actualidad, son de naturaleza genuinamente humana y persisten después de casi una generación. Decíamos en aquel número que el sufrimiento es un mensaje, que saber escuchar está entre la bondad y el arte, que para humanizar hay que empezar por humanizarse a sí mismo, que en las relaciones de ayuda no está prohibido tener miedo, sino que lo que está prohibido es pasar como sobre ascuas por el sufrimiento ajeno… Y digo yo: ¡cómo no seguir diciéndolo!
 
Mientras se me empañan los ojos al recorrer el número 3 de HUMANIZAR, no puedo por menos que dar un espacio especial en mi mente y en mi corazón a quienes no salían en la foto, como la secretaria Mª Carmen Matarranz y a F. de Mateo que, con la voz de periodista y enferma de sida, no solo nos acompañó escribiendo en la revista, sino que me acompañó personalmente en diferentes acciones formativas sobre sida. Naturalmente, recuerdo momentos variados: algunas conversaciones, cenas -de restaurante, de su casa y de la nuestra-, ratos de conversación sobre el sida y la muerte, sobre su biografía y la mía, clases impartidas “a dos voces” –mano a mano-, así como la intensidad de aquellos momentos en el hospital, cuando ya no hablaba, pero me escuchaba y yo intentaba poner voz a lo que pudiera sentir, mientras me respondía solamente con sus párpados tras nuestro pacto de comunicación: cerrar los ojos una vez significa sí, cerrarlos dos significa no. Así también mantuvimos nuestras “conversaciones”. Y tampoco olvidaré nunca –hasta que mi alzhéimer o mi muerte se lo lleve- la oración de acción de gracias que hice en su funeral y los comentarios de varias personas que no acostumbraban a ir al templo y estaban presentes por compromiso social. Heredé su diario espiritual, regalado de su propia mano. ¡Qué cosas!
 
Pues bien, se hablaba de sida, sí. Nos decía mi amiga en la página 25, que nos preocupan dos cosas: la muerte en sí y el cómo de esa muerte. Ella lo decía porque estaba enferma y era el año 1992, no 2012 en Europa. Y yo hoy, después de 20 años y tantos viajes por diferentes continentes, no puedo por menos que decir: ¡ay, Dios mío! ¡Cómo se ha desplazado el sida al sur! De 34 millones de afectados, solo medio corresponde a Europa, mientras la mayor parte están en Africa subsahariana, donde la cultura, los fármacos, la prevención… tienen tanto camino por recorrer, mientras en Europa se convive con la enfermedad crónica en que se ha convertido. Y por eso, rescato las palabras de F. de Mateo, pero ahora las pongo en términos de reto ético y humanizador: nos deberían preocupar dos cosas: la muerte en sí y el cómo de esa muerte, añadiendo: y nos debería preocupar por qué ese cómo se muere depende tanto del dónde.
 
Me sigue apasionando el reto de pensar y trabajar en esta aventura de HUMANIZAR. Quizás sea la tarea más noble a la que podamos dedicarnos, a conjugar el verbo. Gracias a la vida, que después de 20 años, me sigue regalando tanto.