Como una madre a su único hijo enfermo

Año publicación: 
2003

Mujer y madre son dos referentes extraordinarios para proponer un modelo de atención en salud, como hiciera San Camilo al exhortar a sus compañeros a cuidar a los enfermos como lo haría “una madre a su único hijo enfermo”. Mujer, madre y único hijo son un modelo explosivo de humanización y ayuda.

En muchas ocasiones las consideraciones presentadas por las mujeres y los hombres feministas no siempre son bien consideradas y fácilmente son rechazadas por prejuicios sexistas y por el modelo de interpretación de la realidad imperante. Pero, en realidad, podríamos prestar una mayor atención al sufrimiento y a la humanización en clave femenina.

El sufrimiento en femenino

Alguna teóloga africana ha afirmado que las mujeres sudafricanas negras son las “esclavas de los esclavos”. En efecto, la desigualdad de la mujer en los contextos culturales o religiosos termina por producir no sólo esclavitud y marginación, que es ya una enfermedad del espíritu, sino que también la hace más vulnerable a ciertas enfermedades físicas y menos capaz para acceder a los recursos terapéuticos.

Para muchas personas este problema tiene que ver con el sida. Porque el sida nos sitúa ante personas a las que, en gran parte, podemos definir como enfermas antes de serlo: enfermas de pobreza, de cultura, de apoyos sociales y afectivos sanos, enfermas porque la infección condena a muchos a una “muerte social” antes que a la física.

Para otras mujeres, este sufrimiento tiene que ver con el hecho de la maternidad, como para otras con la prostitución, con frecuencia obligada por el padre para conseguir algunos ingresos económicos. En otros casos es el resultado de malos tratos y violencia doméstica.

Para colmo, con frecuencia el sufrimiento de las mujeres se disimula detrás del silencio, consecuencia de una cultura en la que las mujeres saben que no deben, que no pueden quejarse. La situación más crítica se encuentra en el campo de la salud, asociado, en cierta medida al hecho de la maternidad.

Es obvio que las mujeres no cuentan con las mismas oportunidades que los hombres en muchos campos, entre otros el del trabajo y la capacidad de decisión en el campo político, social y religioso.

Quizás vendría bien recordar aquel pasaje evangélico de la mujer encorvada (Lc 13) debido a una “enfermedad espiritual”: a las ataduras de poderes no liberadores. Las ataduras de la mujer del texto evangélico, como las de muchas mujeres (especialmente en los países en vías de desarrollo), se deben a un poder masculino que las tiene entre cadenas. Eliminar las ataduras, desatar, significa liberar a la persona, reconocerla en su absoluta dignidad para que, erguida, pueda tener la perspectiva humana y humanizadora, contraria a ese modelo tantas veces propuesto de mujer dócil, callada, sumisa, entregada y servicial que termina por someterla vilmente bajo apariencia de virtuosidad.

Todavía se oye, aunque muy débilmente, el eco de las palabras del Concilio Vaticano II, palabras que habría que aplicar a más situaciones cada día: “Es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de la vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se conceden al hombre”.

La humanización en femenino

No deja de sorprender igualmente, que los participantes en el reciente simposio sobre humanización celebrado en Bogotá, fueran en su mayoría mujeres; como lo son la mayoría de los participantes en las iniciativas de formación del Centro de Humanización de la Salud, sean congresos, cursos, clases en las Escuelas de Enfermería o Facultades de Medicina.

Es la mujer, asimismo, en su mayoría, la que forma el cuerpo de profesores (aunque en la mayoría de los Congresos son los hombres los que hacen uso de la palabra); son las mujeres las que acuden al Centro de Escucha echándole el valor necesario para pedir ayuda por problemas de diferente índole, particularmente por duelos difíciles de elaborar.

Se diría que el rostro de la humanización, como el del sufrimiento, tiene particulares rasgos femeninos. Son feministas también las reflexiones que me parecen más oportunas en torno al sufrimiento humano; superan dolorismos y actitudes de resignación, provocan una clara confrontación ante el sufrimiento que es consecuencia no de la naturaleza, sino de estructuras opresoras. La sempiterna pregunta ¿cómo puede un Dios bueno y omnipotente permitir el sufrimiento?, es transformada en el feminismo por ¿cómo puede una humanidad buena comprometerse en el alivio del sufrimiento, sintiéndose acompañada por Dios?

Son mujeres las actoras principales de los procesos de acompañamiento a las personas en situación de exclusión y marginación. Son sobre todo ellas la que del norte van al sur con la intención de acompañar procesos de generación de comunidades más sanas.

Es probable que tengamos que reconocer que son las mujeres las que están llevando a cabo los procesos de humanización más significativos y genuinamente arraigados en la apuesta por la dignidad de cada ser humano. Hay que reconocer que el desarrollo y el progreso de los pueblos tiene también, como la pobreza, rostro de mujer.

Como una madre…

En este contexto de sufrimiento y humanización en femenino, la expresión de Camilo de Lelis “Servid a los enfermos como una madre a su único hijo enfermo” cobra una particular relevancia. Es la fuerza del amor, de quien ha parido a otro ser humano que se presenta débil y necesitado, la que puede cambiar el mundo, la que puede salir al paso de la vulnerabilidad ajena también desde la vulnerabilidad propia.

Ser madre desencadena una fuerte blandura hacia la propia criatura que se traduce en solicitud ante sus necesidades. Eso significa humanizar: ablandarse, hacerse benigno, salir al paso de las necesidades de los semejantes, de los que pertenecen a la misma carne que la nuestra, encarnarse, entrar empáticamente en el mundo del otro.

Desde esa vulnerabilidad femenina, que es fuerza en términos de amor, y de la que participamos todos los seres humanos, se puede comprender mejor lo que significa ayudar: dejarse interpelar por las necesidades ajenas para movilizar nuestros recursos y promover así el desarrollo de los recursos del otro.

La búsqueda del sentido último, el descubrimiento del valor de lo pequeño, la horizontalidad, la concepción holística de la persona, la sabiduría de la relación, la capacidad de escucha, el modo de experimentar la reciprocidad, constituyen elementos, aún siendo patrimonio del ser humano (hombre y mujer), la mujer nos puede enseñar de una manera particular para ayudar a las personas que, enfermas, desearían ser tratadas “como hijo único”.

La protección de la vulnerabilidad ajena no se traduce en paternalismos o autoritarismos, sino en servicio y promoción de los recursos del otro. La conciencia de sanador herido nos puede permitir crecer en humanidad en las relaciones de ayuda.

Quien se ha sentido preñado de vida, sueña con el mejor desarrollo de esa vida. Con la fina sensibilidad de una madre para con su único hijo enfermo podemos construir un modelo relacional más justo, más preocupados por las razones del corazón.