Amor afectivo y efectivo

Año publicación: 
2008

Hubo un gran hombre en el siglo XVII que expresó con claridad meridiana una clave de humanización, una clave potente para el acompañamiento y las relaciones de ayuda en la fase final de la vida. San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, de la congregación de los Paúles y de las Juventudes vicencianas, repitió varias veces –verbalmente y por escrito- esta hermosa combinación: “amor afectivo y efectivo”. Se dirigía así a las Hijas de la Caridad y hoy, estoy firmemente convencido, nos vendría más que bien, sentir que nos lo dice también a nosotros.

Sí, un hombre que renovó la Iglesia francesa, un hombre que arrancó un proyecto de estupenda y actualísima originalidad que se ha convertido en el mundo en referente para miles de seguidores, mujeres y hombres, habló de amor en esta doble vertiente. Sus seguidores han prestado ayuda, inspirados en este lema –entre otros- a miles de niños abandonados, huérfanos, enfermos (también al final de sus vidas), heridos, refugiados, presidiarios… de manera discreta y humilde, como quería también el fundador, pero amorosa.

Aunque no esté de moda

No corren buenos tiempos para citar a santos en nuestro entorno. Pero la sabiduría de algunos grandes de la historia –como Vicente de Paúl-, ha de ser reconocida como un patrimonio no sólo de la iglesia, sino de la sociedad, de la humanidad. Y éste –como otros en el mundo de la salud y del sufrimiento humano- es un grande, un gigante de la caridad.

No nos habíamos inventado aún el movimiento de los cuidados paliativos, la profesionalización de los expertos en el final de la vida, las sociedades científicas en torno a intereses específicos para generar cultura, conocimiento y bien en la sociedad. Pero personas como Vicente de Paúl entendieron hace siglos algunas claves fundamentales para el acompañamiento y la ayuda.

La fuerza de Vicente poseía la solidez del corazón que la vive apasionadamente. En una conferencia que daba el 19 de septiembre de 1649 a las Hijas de la Caridad, analizaba algunas implicaciones de esta expresión tan noble y preciosa que refiere "los dos amores": el amor afectivo y el amor eficaz. El primero –decía él- es "la ternura hacia las cosas que se ama", "la ternura del amor". El amor afectivo es para él el más pequeño de los dos, es el amor de los comienzos; y compara los dos amores con dos hijos de un mismo padre; pero resulta que el amor afectivo es el hijo pequeño al que el padre acaricia, con quien se entretiene jugando y cuyos balbuceos le encanta oír; pero el amor eficaz, es mucho mayor; es un hombre de veinticinco o treinta años, dueño de su voluntad, que va adonde le place y regresa cuando quiere, pero que a pesar de ello, se ocupa de los asuntos familiares.

Vicente insiste mucho en este segundo amor y en el quehacer que conlleva: "Si hay alguna dificultad, es el hijo quien la soporta; si el padre es labrador, el hijo cuidará de que estén en orden las tierras y arrimará el hombro". En este segundo amor efectivo apenas se siente que se es amado y se ama: "Parece como si el padre no sintiera por el hijo ninguna ternura y no le amara". Sin embargo -afirma Vicente- a este hijo mayor (el amor efectivo) el padre "le ama más que al pequeño".

Vicente quiere que se pase al amor eficaz, porque teme la nostalgia propia de las resoluciones demasiado generales y de las efusiones afectivas. Estas le parecen buenas, pero le parecerían aún mejores si descendieran un poco más a lo concreto, porque lo importante para él son los actos, mientras que "lo demás no es sino producto del espíritu, que habiendo hallado cierta facilidad y hasta cierta dulzura en la consideración de una virtud, se deleita con el pensamiento de ser virtuosos". Es preciso, pues, llegar a los "actos" porque, de lo contrario, se queda uno en la "imaginación".

Al final de la vida

Y ¿no es esto lo que deseamos nosotros al final de la vida para nosotros, para nuestros seres queridos y para los que pretendemos cuidar?

Un amor afectivo y efectivo será creativo y encontrará en cada momento el modo de cuidar aliviando y controlando los síntomas que producen displacer, tanto en los enfermos como en sus familiares y allegados.

Un amor afectivo y efectivo logrará un apoyo emocional y espiritual adecuado a cuantas personas se ven implicadas por la proximidad de la muerte. Si realmente es tal, se apoyará en la escucha como herramienta fundamental de aproximación, sabrá manejar el silencio y encontrará la palabra oportuna –porque salida del corazón- para caminar al ritmo del latir de los corazones tocados por el final de la vida de una persona.

Un amor afectivo y efectivo será lo suficientemente creativo para realizar los necesarios cambios en la organización que procuren mayor confort a las personas. Si realmente es tal, no habrá norma que consiga ponerse por encima de las personas, no habrá barrera que no se pueda superar, porque el amor las elimina con facilidad, raramente entiende de barreras.

Un amor afectivo y efectivo se empeñará eficazmente en el trabajo interdisciplinar porque, si realmente es tal, se dará cuenta de cómo trabajando juntos, a pesar de las dificultades –como en el mismo amor- se sale ganando, aunque con heridas, pero siempre ganando. Así, el amor afectivo y efectivo, como el trabajo interdisciplinar, entenderá de cicatrices que sanar por el empeño de trabajar juntos.

Un amor afectivo y efectivo, a buen seguro, no se quedará parado nunca, siempre estará habitado por una concepción terapéutica activa. Nunca entenderá que “ya no hay nada que hacer” o que basta con repetir las mismas cosas, los mismos cuidados, los mismos tratamientos. Estará siempre atento, movido por el corazón, a hacer aquello que se requiere en ese momento y quizás antes no y tampoco después. Será dinámico como es su misma naturaleza.

Un amor afectivo y efectivo cultivará –nadie lo dudará- la importancia del ambiente en que cuidadores, enfermos y familias se muevan al final de la vida. No son cuestiones superficiales las que tienen que ver con el entorno. Este habla de la interioridad, de lo que habita el corazón. Colores, espacios, olores, estarán cuidados con la delicadeza de alguien que ama y cuida con este amor.

Estos seis son los que clásicamente se presentan como “instrumentos básicos de los cuidados paliativos”, ese espacio que puede contribuir, sin ninguna duda, a humanizar el cuidado al final de la vida.

Seguro que si Vicente de Paúl “levantara la cabeza”, como solemos decir, y nos escuchara hablar del final de la vida, nos recordaría, quizás sólo con una mirada de hombre humilde y sabio: amigos, con amor afectivo y efectivo. ¿Queremos más? ¿Hay un modo más sintético y claro de darlos la clave?