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Vivir la propia muerte

El poeta Rilke, en “El libro de la pobreza y de la muerte” empieza señalando que muchos no saben morir, que no llegan a madurar y a elaborar su propia muerte, por lo que su vida les es arrebatada desde fuera, muriendo de una muerte en serie, que nada tiene que ver con ellos. Mientras que el anonimato y la banalidad convierten en horrorosa la muerte ajena, la muerte propia se constituye como el objetivo de toda la vida, que se tensa como un arco hacia ese momento de máxima intensidad vital que es la muerte propia.

La tesis del poeta es “vivir la propia muerte” como posibilidad humana de ser sí mismo hasta el final. Rilke explica también por qué nos es dada la posibilidad de morir nuestra muerte propia. Justo porque hay en nosotros algo eterno, nuestra muerte no es similar a la animal…. Exactamente en la medida en que hay algo de eternidad en nosotros, podemos elaborar y trabajar nuestra propia muerte, lo que nos distingue radicalmente del resto de los animales. Pero ocurre que no sabemos hacerlo y que traicionamos nuestra más alta vocación, de manera que nuestra muerte no llega a vivirse siempre dignamente. Como tenemos demasiado miedo al dolor y al sufrimiento, nos empeñamos en vivir la vida sin anticipar su final, en vivir ciega y estúpidamente, como si fuéramos inmortales; y como no llegamos a madurar nuestra propia muerte, parimos en su lugar un aborto ciego, una muerte inconsciente de sí.[1]

¿La ternura es debil?

Junto al lecho de Lucía, que vivía el final de sus días, he encontrado durante diez días a su hijo Jesús, cogiéndole la mano a su madre, lloroso, diciéndole cosas de vez en cuando a su madre con tono cálido y cariñoso. Todos los días, mirándome cuando también yo acariciaba la otra mano de su madre en el lecho de muerte, me decía: “soy más débil de lo que creía”. Y yo le respondía: “¿no será ésta la fortaleza del corazón?”

Jesús es un hombre cerebral, experto en la lógica aplastante del mundo de la informática y de las telecomunicaciones, directivo de una gran empresa. Confiesa que se siente distinto, que está descubriendo una nueva dimensión de su vida: la ternura.

El valor terapéutico del contacto corporal

Me doy cuenta del inmenso poder que tiene el contacto corporal. Cuando toco, soy consciente de que a través de las manos puedo transmitir un sinfín de emociones.Puedo vehicular mucha energía. Con ellas soy capaz de comunicar mucho más que con mil palabras. Cuando acaricio, la piel se convierte en transmisora de confianza, fortaleza, proximidad, reconocimiento, respeto, consideración.

Utilizar el contacto corporal en las relaciones de ayuda es un arte. Como lo es escuchar, utilizar la palabra y la mirada y todos los recursos personales que tenemos para relacionarnos y apoyarnos en medio de las dificultades.

Como una madre a su único hijo enfermo

Mujer y madre son dos referentes extraordinarios para proponer un modelo de atención en salud, como hiciera San Camilo al exhortar a sus compañeros a cuidar a los enfermos como lo haría “una madre a su único hijo enfermo”. Mujer, madre y único hijo son un modelo explosivo de humanización y ayuda.

En muchas ocasiones las consideraciones presentadas por las mujeres y los hombres feministas no siempre son bien consideradas y fácilmente son rechazadas por prejuicios sexistas y por el modelo de interpretación de la realidad imperante. Pero, en realidad, podríamos prestar una mayor atención al sufrimiento y a la humanización en clave femenina.

Counselling

No resulta fácil traducir la palabra counselling, decimos todos los que la utilizamos. Consejo, relación de ayuda, asesoramiento psicológico… Todas ellas se quedan pobres o no recogen cuanto en inglés –e importada también a nuestro diccionario- queremos decir. Sin embargo, cada vez hablamos más de counselling en los ámbitos de salud, de intervención social, de problemas familiares, en organizaciones o empresas y en diferentes contextos de la vida personal y profesional.

Discapacidades del corazón

Fue ayer mismo cuando una persona con parálisis cerebral, por correo electrónico hacía esta consulta a nuestro Centro de Escucha (que también hace relación de ayuda –con sus límites- a través de este medio): “Estoy discutiendo con una amiga sobre mi relación con mi novio Jesús; ella dice que nunca relaciones prematrimoniales, que no es cristiano ni de la Iglesia... (discapacitada, enferma, se refugia en su fe). Está convencida de que estoy pecando. A estas alturas... ¿Qué dice la Iglesia? Creo que lo importante es lo que piense yo, pero me gustaría que me ayudaseis. Quizá yo sí querría dar un paso más... Las relaciones nunca son sencillas.

No me ha resultado difícil responder a la demanda interpelando la responsabilidad personal en el discernimiento e instando a una visión positiva de las relaciones sexuales que constituyan una forma de expresión del amor, una forma de comunión y de gozo recíproco humanizado.

La muerte enseña a vivir

Recuerdo perfectamente los duelos más significativos de mi vida. No sé si, en realidad, nuestra vida no quede marcada en muy buena medida por los duelos y por el modo cómo los vivimos. Recuerdo el primero, el de mi abuelo, a mis 9 años. Me despertó mi padre por la mañana llorando y diciéndomelo. Y me acompañó a verle cuando me vestí. A los pies del féretro, en mi fría casa, estaba mi abuela llorando “como ante un dormido encajonado”. Aquello se me clavó en mis células como no podía ser de otra manera.

Pero yo creo que, además de dolernos, la muerte enseña a vivir. El duelo enseña a vivir. El duelo o nos humaniza o nos enferma. O nos hace blandos, ayudándonos a relativizar, acompañándonos en el descubrimiento de nuevos y sólidos valores y en el reconocimiento de los valores ya vividos y que persisten en el recuerdo, o nos lanza al abismo de la oscuridad, del sinsentido, de la soledad y los márgenes.