He escuchado al pederasta

Año publicación: 
2017
Si la escucha realmente tiene poder, he aquí un fragmento de mi escucha… a un pederasta. Si hablamos de la escucha en las relaciones de ayuda, solemos pensar en la víctima. ¡Claro, no faltaba más! Esta vez comparto un fragmento de mi escucha grabada, con su permiso, a un abusador. Abusó de 4 niñas. Por su valor en primera persona, la dejo intacta, aunque es solo un fragmento, con su permiso. El tiene 56 años, está en la cárcel, en tercer grado, y eso le permite venir a mi despacho.
 

Desde muy pronto

 
Todo esto viene desde la niñez. En mi caso particular tuve una infancia muy desafortunada. Cuando tenía dos años mi padre abandonó a mi madre. Nos quedamos a vivir con nuestros abuelos paternos. Mi padre se marchó con otra mujer.
 
Recibí castigos físicos y psíquicos en mi infancia. Cada vez que teníamos una fiesta, ya fuera de Navidad, Noche Vieja, etc., mi abuelo se aprovechaba….
 
Con doce o trece años… yo era muy pequeño para decir: “voy a convertirme en un violador”, pero ya tuve algunos avisos. Caí una vez en una casa en la que había una niña pequeña. La madre necesitaba salir a hacer sus cosas y me dejaba a mí con la niña. Y yo empecé a toquetearla y a besarla. Pero yo no podía medir esa distorsión, no me daba cuenta de que eso estaba mal hecho.
 
La desnudaba y le hacía tocamientos. Pero yo era listo y me daba cuenta de que eso estaba mal y lo hacía rápido para que no me pillara su madre. ¿Por qué, qué necesidad tenía yo de hacer eso? La niña era pequeña y no ponía ninguna resistencia. Era como manipular a una muñeca. Una impunidad absoluta. 
 
Conocí el odio desde muy niño. Conocí el rechazo y luego me convertí en un violador. No era algo erótico. De alguna manera yo sabía que estaba haciendo mal porque yo tenía cuidado para que no me cogiera su madre. Era una especie de rebeldía…. Ese fue mi primer caso.
 
Después no tuve ya ningún caso hasta los dieciséis años. Cuando conocí a unos amigos los días de fiesta en que nos juntábamos con las mujeres y los niños. Yo llevaba a mi hija. Tenía una novia yo también. Una vez, un amigo llevó a una hija que tendría por entonces unos trece años y me pidió que llevara a la niña a su casa. Según la llevaba empecé a fantasear…  La niña era muy abierta, pero yo creo que era mi fantasía la que me hacía ver aumentadas las cosas… Ese fue el segundo episodio…
 
Tuve un tercero a los veintiocho. Conocí a una chica y quedaba algún fin de semana con ella. Esta chica tenía tres hijas pero que no vivían con ella, vivían con el padre. Según me contó, ella se fue de la casa porque el marido la pegaba. Un día en que íbamos a comer fuera de casa me preguntó que si no me importaba que llevara a su hija. Yo no la conocía. Y allí. sentados los tres, empecé fantasear otra vez… Ella tenía unos trece años…. Aquella vez sí que empecé a notar que tenía un problema… Pero como tampoco traspasé la barrera no le di importancia, pero sí me empezó a preocupar…
 

De la fantasía al abuso

 
Más tarde conocí a otra chica que también tenía tres niñas. Maldita sea, porque mi hija, como se había criado solita, en cuanto veía niñas me decía: “anda papá, yo quiero jugar con las niñas”. Tenía mi hija unos seis años. Ella vivía en un piso que era pequeñito. La habitación de mi hija en mi casa era más grande que su casa. Un día en pleno invierno la invité a venirse a mi casa. Hacía mucho frío y se vino a mi casa con las niñas…
 
Empezamos a dormir juntos y ella siempre traía a una de las niñas y las ponía entre ella y yo… y entonces empecé a fantasear con la mayor, que tenía nueve años más o menos. Y entonces la agredí.
 
Era una niña buenecita pero luego se convirtió en rebelde. Pero claro, fue por mi culpa. Yo la destruí en cierto sentido. A medida que pasaba el tiempo fui avanzando hasta que la violé varias veces. 
 
Ella tenía miedo. Si le decía algo… tardó mucho en rebelarse. Te sientes que eres una “mierda” y un “monstruo”. Muchas veces lloraba al pensar en lo que estaba haciendo. Eran episodios frecuentes. No cada día, pero a lo mejor si dos veces a la semana. Durante unos ochos años. Hasta los diecisiete.
 
Nunca ves la salida. Yo lo sopesaba cuando me quedaba en esa soledad absoluta en una tiniebla que era algo triste y feo. Muchas veces lloré cuando hacía esto, pero no era capaz de buscar ayuda. He sido cobarde. Esto es algo tan íntimo y personal que yo creo que no lo podía hablar ni con mi misma conciencia. Al final todo termina cuando hay una denuncia. 

 

La denuncia y la rehabilitación

 
Llevo quince años en la cárcel. Me cayeron veinte, o sea que me quedan cinco. Me concedieron el tercer grado.
 
El violador lo que siente es el “dominio”. Con un niño vulnerable absolutamente yo puedo ejercer todo mi dominio. Yo me sentía un “dominador absoluto” en una situación que yo con mi mujer no había podido ejercer. Era obvio. Con mi mujer yo no podía hacer todo lo que quería hacer. Hay unos cánones que hay que respetar.
 
Excluí a mi hija. A ella nunca la toqué. El abuso es una relación de dominio, de poder. A la niña le dices: “hazlo”, y lo hace. La satisfacción es la de ver cómo dominas la situación totalmente y sin resistencia. Esa es la cobardía: no había ninguna resistencia. El problema venía al final, porque al final todo se convertía en una mierda absoluta. Quedaba hecho polvo durante dos o tres días. Aunque no sé si de verdad me daba cuenta de la realidad: podría haberme matado, marcharme… ¡Yo qué sé!
 
Hay un detalle que no te he comentado: cuando tenía ocho años, yo también fui violado. Un día, un chico empezó a quedarse a dormir en casa de mi abuelo. Este chico era mayor que yo, tendría unos trece o catorce años. Jugábamos por las noches y un día me ató las manos atrás, y pensé que era un juego más. Pero me desnudó y me violó. Fue solo una vez. La frustración de una violación es increíble.
 
La terapia duró tres años. Todo este tiempo lo empleé en evaluar todo lo que me había sucedido en aras de poderme encontrar conmigo mismo, ser yo mismo. A pesar de todo, me considero sinceramente una buena persona. Ahora sé que en cuanto salte la alarma tengo que ir a toda velocidad a buscar ayuda. No creo que hoy tenga ningún riesgo.
 
Una vez tuve la idea de que si las víctimas lo hubieran querido, podría pedirles perdón. En mi caso, al menos me quedaría satisfecho si las hubiera podido mirar a los ojos y pedirles perdón. Esto es una enfermedad mental. Después de diez años, soy otra persona. La terapia ha aportado a mi vida un cambio.
 
Veo mi futuro con optimismo, pero con reservas que nunca las voy a abandonar. Es el semáforo al que hay que estar atento siempre. Estoy convencido de que ya no tengo posibilidad de volverlo a hacer. Es muy importante para mí estar atento cada día allí donde vaya, para, si veo algún aviso extraño, salir corriendo a buscar ayuda…
 
El drama de los abusos a menores es tan inmenso y genera tanto daño, que urge una intervención preventiva de carácter educativo no solo en el ámbito sexual, sino en el de la sanación de los propios traumas y el ejercicio del poder y control. Hablar del tema solo en clave de denuncia es solo una parte.